Por Francisco Rueda
A la falda de un cerro, el viento transporta susurros. El agua que alberga su presa es tan cristalina como los recuerdos que se generan en esta tierra.
Cerro de adoración donde la antigua civilización zapoteca ofrendaba al sol, entre sonrisas que brillan como destellos.
La dualidad del equilibrio se percibe en el núcleo familiar: ella, con delicadeza, tiñe la lana para luego elaborar madejas de hilo; él, con destreza, teje extraordinarias piezas en las que se reflejan el amor y el esfuerzo de ambos por su trabajo.
Manuel Lazo/Franco
Tapete de lana e incrustaciones de metal
En su plaza central, donde antaño se alzaba un centro ceremonial, aún es posible admirar la maravillosa iconografía que empleaban para su decoración, una manifestación de su cosmovisión.
Con la evangelización, los conquistadores aprovecharon esos antiguos basamentos para erigir la imposición que trajeron consigo: la casa de Dios. Aún hoy, las piedras visibles en el patio del clérigo son testigos de la historia.
Si, tras pedir permiso, subes por las escaleras del campanario, desde la altura de la cúpula contemplarás el inmenso valle y el Picacho, esa mujer que gesta la vida.
En esta bella tierra de fiestas, sus pobladores conservan las facciones de sus ancestros, portadores de sonrisas cósmicas.
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